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Un paso en falso para la atención y el cuidado de la niñez del Amazonas

Por: FUNDACION CAMINOS DE IDENTIDAD –FUCAI- 

En el año 2008 inició el proceso de desarrollo de la estrategia de Recuperación Nutricional en la modalidad intrahospitalaria en el departamento de Amazonas, dada la alta prevalencia de desnutrición aguda en niños menores de cinco años (alrededor de 4%), del aumento de casos de mortalidad por esta causa, y por otras enfermedades prevalentes de la infancia que estaban asociadas con la desnutrición aguda.  A partir del año 2009 inicia la operación del CREN mediante convenio entre la Gobernación del Amazonas, El ICBF y el Hospital San Rafael de Leticia y hasta la fecha han sido atendidos alrededor de 250 niños del departamento, en su mayoría indígenas (85% aproximadamente). Leticia es el sitio de mayor procedencia de los casos, seguido del municipio de Puerto Nariño, el corregimiento de Tarapacá, La Chorrera, La Pedrera y Puerto Santander.

Con respecto al funcionamiento y operación del Centro de recuperación Nutricional del Amazonas, a continuación se resaltan algunos aspectos relevantes que deben ser considerados para garantizar efectivamente los derechos de los niños y niñas, en especial de aquellos que son indígenas.

Por un lado se resalta que la estrategia es importante para abordar la problemática de desnutrición infantil; sin embargo no puede ser la única y se deben fortalecer aquellas actividades que prevengan los casos (de una manera intercultural) y no esperar a que lleguen los niños y niñas en malas condiciones de salud y nutrición.

De acuerdo con los lineamientos del programa, debe mantenerse un cupo de al menos 15 niños cada mes, para que la estrategia sea rentable; la permanencia de 15 niños cada mes implica 15 acompañantes para un total de 30 personas que conviven y duermen diariamente en una sola habitación. Aunado a esto, la habitación cuenta con tan solo 15 cunas y los acompañantes deben dormir acostados en el suelo. El hacinamiento del Centro de recuperación Nutricional de Amazonas favorece la proliferación de enfermedades y dado el compromiso del sistema inmunológico de los niños con desnutrición, en muchos casos desmejora su estado, se dificulta la recuperación y aumenta los días de estancia intrahospitalaria. A pesar de que las diferentes instituciones promotoras y ejecutoras del programa reconocen esta debilidad, durante los tres años de operación no se ha hecho gran cosa para mejorar las condiciones habitacionales de los niños, niñas y sus familiares en la fase intrahospitalaria, principalmente debido a las dificultades presupuestales que no garantizan la disponibilidad continua del recurso económico, aspecto que incluso generó el cierre del CREN durante un mes, en el mes de junio de 2011, con el consecuente envío a sus casas a los niños y niñas internos y funcionarios que allí laboran.

Para finalizar es importante resaltar que el modelo de manejo de los casos de desnutrición se basa en los lineamientos de funcionamiento de Centros de Recuperación Nutricional definidos para Colombia[1], el cual propone una atención interdisciplinaria que favorezca la recuperación médica y nutricional del niño y la niña con desnutrición aguda y la generación de capacidades familiares y comunitarias que permitan una intervención integral,  evitando la reincidencia de los casos.

Durante el tiempo de operación del CREN se ha logrado la recuperación médica y nutricional de algunos niños y niñas en el departamento de Amazonas, sin embargo, ha sido muy frecuente la reincidencia de los casos y el reingreso de niños y niñas con desnutrición aguda en grados moderado y severo, acompañadas generalmente de enfermedad diarreica aguda (EDA), Infección respiratoria aguda (IRA) y anemia severa. De esta manera, aunque se logra la recuperación nutricional, no se garantiza que el niño mantenga adecuadas condiciones alimentarias, familiares y medio ambientales que permitan el mantenimiento de un estado de salud y nutrición adecuado. Algunos de los factores que influyen en la reincidencia de los casos son:

 

  1. Falta de reconocimiento de las particularidades culturales de la población indígena para el abordaje médico, nutricional y psicosocial lo que genera:

-        Poco impacto en las actividades educativas que se realizan.

-        Desconfianza de los padres de familia y las comunidades para consultar y reportar oportunamente los casos de violencia intrafamiliar, desnutrición y otras enfermedades prevalentes de la infancia.

-        Falta de credibilidad de las intervenciones que se realizan en el CREN, por parte de la población del departamento de Amazonas.

-        Traumatismos intrafamiliares y comunitarios generados por la sustracción de los niños y sus cuidadores de su contexto cultural y geográfico. El ejemplo más claro, son los niños Tikuna de la comunidad de Pupuña del corregimiento de Tarapacá, quienes fueron ingresados al CREN finalizando el año 2009, siendo regresados dos semanas después a su comunidad sin ningún tipo de recuperación, pues reconocieron que no era la forma más pertinente de ayudarlos; sin embargo pudieron evitarse muchos traumatismos de estos niños y sus madres si se hubiesen tenido en cuenta sus particularidades culturales.

  1. Alta rotación de profesionales, lo que impide procesos duraderos con las familias  y las comunidades. El cambio constante de profesionales impide que las intervenciones sean realizadas por personal capacitado y conocedor de la cultura indígena amazónica, pues generalmente son vinculados profesionales provenientes de otros departamentos y que no reciben la capacitación mínima para conocer tanto algunos aspectos culturales de la población, como los lineamientos técnicos que permitan el abordaje interdisciplinario de los casos con desnutrición.

 

  1. Las actividades se centran en la atención intrahospitalaria y aquellas tendientes a la prevención de los casos son mínimas.
  1. No existe la articulación interinstitucional que permita la garantía de los derechos básicos de los niños y niñas como lo son: Derecho a la alimentación, a una nacionalidad y un nombre, a la afiliación a servicios de salud, entre otros.

 

  1. Profesionales del área psicosocial que no logran establecer procesos de formación continua y de impacto con las familias y las comunidades, lo que impide que el proceso de recuperación nutricional se fortalezca luego del egreso del CREN, además de que no se deja la capacidad instalada en las familias para que no se presenten nuevamente los casos.

 

En las siguientes fotografías se muestran algunos de los casos que han sido atendidos en el CREN del departamento del Amazonas, varios de ellos reincidentes y desafortunadamente estos niños y niñas han quedado con secuelas notorias tanto en su desarrollo motor como intelectual, debido a que las condiciones en las cuales han reingresado han sido más graves que las iniciales.


[1] Guía práctica para la atención nutricional, médica y psicosocial de los niños y niñas con desnutrición. Plan departamental de Seguridad Alimentaria MANA, Medellín Antioquia, 2007.

Nueva amputación por mordedura de serpiente.

La paciente Luz Mila Tanimuca, nacida en Puerto Guallabo perteneciente al pueblo indígena Yucuna y con cedula de ciudadanía numero 1.131.524.035 viviendo actualmente en pedrera, Amazonas pertenece a la organización indígena ACIMA, afiliada a la entidad prestadora de salud MALLAMAS. llega a Bogotá el 4 de marzo en compañía de su esposo Kevin Yucuna quien es estudiante y perteneciente a la misma organización (ACIMA), del pueblo indígena Yucuna del Miriti, luz mila  sufrió una mordedura de serpiente en la pierna derecha. el promotor mas cercano en pedrera no tenia suero antiofídico,  la remitió al hospital san Rafael de Leticia donde se lo suministraron pero por el tiempo que había transcurrido desde la mordedura, el suero no surtió el efecto necesario  el diagnostico en la región según Luz Mila fue que ya le había avanzado por esta razón la remitieron a Bogotá.

Al llegar a Bogotá el 4 de marzo  Luz mila fue llevada desde el aeropuerto hasta la clínica Partenón en una ambulancia, llega por urgencias donde le amputaron la pierna derecha, puesto que al haber transcurrido 3 días desde el día que la mordiera la serpiente le había avanzado el daño, el formato fue diligenciado el 30 de marzo del año en curso y a esta fecha luz mila había llegado el 24 de este mes  y se encontraba recuperándose de la operación y a la espera de una prótesis. La prótesis fue entregada a mediados de mayo y luz mila a la fecha del 04 de junio de 2009 se encontraba en el albergue proyectar Bogotá, en el proceso físico y psicológico de asimilar y manejar la prótesis y esperando controles para verificar la asimilación de esta.

Esta joven con 22 años tuvo que pasar por esta situación debido a que el centro de salud cercano no esta abastecido pertinentemente  con suero antiofídico. Pues estando en una zona selvática y expuesta a todo tipo de mordeduras se deberían proveer de este tipo de medicamentos que contrarresten y salven miembros del cuerpo y vidas de las personas. Si ya un medicamento como este esencial en esta zona tiene un tiempo de vencimiento corto las entidades de salud y otras entidades mas, deberían tener un estudio serio y un seguimiento riguroso para cada vez que se venzan o escaseen se suministren a tiempo y poder evitarle este dolor a mas personas.

CON EL CONSENTIMIENTO INFORMADO VERBAL, POR PARTE DE LUZ MILA Y SU COMPAÑERO KEVIN DE CONTAR Y PUBLICAR LA HISTORIA DE ELLA JUNTO CON LA FOTOGRAFÍAS. ANEXO LAS FOTOS DONDE APARECE LUZ MILA CON LA PRÓTESIS Y SIN ELLA.

POBLACIÓN INDÍGENA, EN RIESGO DE DESAPARECER

Ciencia al día


La desnutrición, el inadecuado uso de la tierra, enfermedades infecciosas, y la falta de un tratamiento médico adecuado y oportuno son las principales causas de que los niños indígenas colombianos mueran antes de cumplir los 6 años.


Foto de Tierraverde

La principal causa de mortalidad infantil es la
desnutrición. Debido a ella los miembros
de estas comunidades tienen pocas defen-
sas en sus organismos para combatir graves
enfermedades que ponen en peligro su vida.

Entre la población indígena de Colombia se presenta una de las más altas tasas de mortalidad infantil en el mundo. Un promedio de 250 de cada mil niños en las comunidades Paeces en el Cauca, Awá Kwaikeres en Nariño y Emberá en Antioquía fallecen antes de los 6 años de edad.

La principal causa de mortalidad infantil es la desnutrición, lo que hace a los niños mucho más vulnerables a cualquier tipo de enfermedad. Los miembros de estas comunidades tienen pocas defensas en sus organismos para combatir la tuberculosis, sarampión, viruela, tosferina y enfermedades infecciosas y parasitarias.

Además, los chamanes, médicos en su población, no tienen la sabiduría necesaria para tratar las nuevas enfermedades, de origen “blanco”.

La antropóloga Elizabeth Tabares, Ph.D en antropología física de la Universidad de Montreal, en Canadá, estudia, desde hace 10 años, estas tres comunidades, con miras a evaluar, inicialmente en 141 variables, las principales razones del alto nivel de mortalidad.

De acuerdo con la investigadora, el chaman posee una sabiduría basada en el conocimiento profundo de su medio, sus relaciones, recursos y aplicabilidad. Estos sistemas de medicina tradicional son diferentes al occidental, pero muy complejos y sistemáticos, mostrando un gran nivel de efectividad en la curación de enfermedades propias de su medio.

Para el chaman es relativamente fácil curar las enfermedades que no son foráneas como el “mal de ojo” y todos los síndromes culturales como problemas de salud muy locales. Sin embargo, la tuberculosis, la tosferina y ciertas diarreas son ajenas a su cultura y en muchas ocasiones los indígenas no acuden a tiempo donde el médico, por lo cual pueden morir sin ningún tratamiento.


Foto de Tierraverde

La titulación de parcelas individuales de tam-
año muy reducido ha perjudicado a estas
comunidades indígenas, pues impide que
puedan cultivar la tierra de la parte superior
de la montaña, mientras que la de abajo
descansa

La madre tierra

Según la antropóloga física Elizabeth Tabares, la desnutrición que padecen los miembros de estas comunidades se debe a las pocas de prolongadas hambrunas que deben soportar.

La tierra en la que habitan estas comunidades es fértil durante períodos de dos a tres años, posteriormente deben dejarse por largas temporadas para que produzcan nuevamente. Pero la titulación de parcelas individuales de tamaño muy reducido, por parte del Estado, los ha perjudicado debido a que impide que puedan cultivar la tierra de la parte superior de la montaña, mientras que la de abajo descansa.

Los niños trabajan la tierra desde muy jóvenes, con la idea de que la tierra debe ser respetada y cuidada. Por este motivo la dejan descansar cuando es necesario, aún cuando esto les afecte la salud y deban pasar intensas épocas de hambruna.

Con respecto a esto, los Paeces, por ejemplo, tienen la creencia de que cada ser humano es como un árbol cuya raíz está atada a la tierra. En este sentido la tierra es una madre que todo lo proporciona y por eso nunca debe ser dañada.

Por otra parte, la alimentación occidental ha llegado hasta las comunidades y es frecuente que alimenten a sus hijos con confites y otras golosinas, pues les da energía y son más baratos. También recurren al guarapo o bebida de jugo de caña de azúcar fermentada, lo cual proporciona calorías al niño pero a su vez lo convierte en un alcohólico potencial.

Otro problema que afecta a los niños indígenas es el exagerado consumo de caña, con lo cual se deterioran visiblemente los dientes, lo que les hace padecer dolores frecuentes y muy fuertes. El rápido desgaste dentario ocasiona que los niños no puedan masticar bien los alimentos, lo que acelera el grado de desnutrición.

Otros factores

Con el fin de detectar que tipo de enfermedades padecen los menores de 6 años de las tres comunidades, la antropóloga Tabares ha realizado un estudio de hiploplasia de esmalte dental.

Esta técnica consiste en tomar unas muestras fotográficas con macrolentilla en los dientes incisivos y molares de los pequeños, pues allí aparecen registradas las huellas que cada tipo de patología va dejando, así como los grados de estrés nutricional que ha sufrido el niño.

La investigación logró identificar que las mujeres también se ven muy afectadas en cuestión de salud, debido a que tienen muchos hijos. La alta tasa de maternidad ocasiona que estos grupos tengan una mortalidad femenina muy elevada en mujeres de edad reproductiva y que la muerte se produzca antes de los 40 años, ocasionada indirectamente por la desnutrición y por enfermedades degenerativas.

Otro tipo de problema frecuente de salud, en particular entre los Awa Kwaiker de Nariño, es que en la selva donde viven es muy común la picadura de culebras venenosas, para cuya picadura no existe ningún antídoto disponible en los hospitales cercanos.

Cuando estos reptiles pican a un individuo, el curandero tiene listo el antídoto; la técnica consiste en analizar detenidamente el estado del paciente, sus síntomas, identificar ,por el tipo de mordedura, de qué serpiente se trata , analizar la cantidad de veneno en el torrente sanguíneo y encontrar la planta apropiada para su curación, si el antídoto general no funciona.

El principio organizador de esta técnica es la semejanza, lo que significa que la planta que cura esa mordedura específica se asemeja a la serpiente que mordió; pero no todas las plantas que se parecen a una serpiente curan la mordedura.

Según los Awa, sólo el curandero sabe cuál de esa infinita variedad de plantas de la selva es la apropiada para cada problema, no hay nada al azar, sino el fruto de un conocimiento profundo trasmitido por miles de años y aprendido por una tradición oral a través de generaciones.

Los canales de comunicación y estudio son muy eficientes entre chamanes de distintas comunidades, no es raro, que en la amazonía circule información entre Perú, Colombia y Ecuador.

En cuestiones de salud cada comunidad tiene sus propios problemas pues los climas y las costumbres alimenticias varían; a través de la investigación de la antropóloga Tabares se determinó que, además, los Paeces sufren en general de cólera y enfermedades cardiovasculares.

Así mismo los Emberá tienen una alta mortalidad por problemas de parto y aborto provocado. Los Awa Kwaiker padecen de desnutrición a mayor escala que las otras dos comunidades, lo cual los convierte en seres mucho más vulnerables a todo tipo de enfermedades.

Contacto: Investigadora Elizabeth Tabares. Universidad del Cauca. Teléfono 928-233661. Popayán, Colombia.

El imperio del consumo

Eduardo Galeano • Aporrea
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.

Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.

La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: Para casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.

EE.UU. consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EE.UU. apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.

Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra… Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla.

La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o
soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: Las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso
mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

MORDEDURA DE SERPIENTE

CASO PACIENTE JOSÉ ESTRELLA CANDRE

NÚMERO DE REGISTRO CIVIL 10554154


 

Asunto: mordedura de serpiente y atención en salud.

El niño se accidentó el 25 de Marzo de 2005 a las 10:00 a.m. 20 Km. adentro en el monte bravo, andaban juntos con el papá. En el momento del accidente, cuando la serpiente lo mordió, el papá trató de traerlo hacia la casa, cargándolo sobre la nuca, pero se cansó y por la desesperación y el debilitamiento del papá, el no hallaba qué hacer y lo dejó 2 Km. cerca de la casa.

Cuando el papá llegó a la casa gestionaron algunas cosas inmediatamente, una persona fue a llamar al promotor de la comunidad, otro recogió personal para cargar al niño hacia la casa, pero mientras ocurrió todo esto ya habían pasado 5 horas desde que el niño fue mordido por la serpiente, sin recibir ningún medicamento.

El promotor no actuó de inmediato, tampoco tenía suero antiofídico, únicamente le aplicó un calmante, cuando nosotros los familiares nos dimos cuenta que no había el suero, procedimos de inmediato a conseguir gasolina, porque el puesto de salud de la Chorrera queda lejos de la comunidad.

El promotor no acompañó al paciente al puesto de salud, cuando legamos allí llamamos a la enfermera de turno, la señora Angélica Teteye quien nos prestó atención, cuando llegó el médico y miró al enfermo dijo que era imposible atenderlo porque ya estaba muy grave y diciendo esto se fue a dormir.

La enfermera de turno siguió insistiendo, hasta que terminaron discutiendo con el médico, por la actitud de este mismo, fue entonces cuando la promotora de turno logró conseguir suero antiofídico y lo aplico al paciente. Todo esto resultó por el descuido de la secretaria de salud del Amazonas y también por irresponsabilidad de la empresa a la que estamos afiliados.

Al día siguiente hubo una larga discusión respecto al paciente porque no se sabía si remitirlo o dejarlo, tampoco se sabía nada sobre el acompañante y es aquí donde se toman decisiones a la carrera.

Estando en estos momentos de desesperación el médico le dice al paciente que iba a ser remitido sin acompañante, y por el médico presentar negligencia para viajar con el enfermo, al paciente le toco viajar con una hermana menor de edad de nombre Osiris del Rosario Candre, la menor en ese entonces tenía 17 años. Fue entonces cuando por fuerza mayor arrancó en SATENA sin saber la ruta a donde iban, luego aterrizan en Puerto Legízamo, por voluntad del piloto, para conseguir suero antiofídico para aplicarle al paciente. De ahí el enfermo fue acompañado de un médico, quien solicitó la ambulancia del hospital Maria Inmaculada y también que fuera atendido en ese hospital.

Al llegar al aeropuerto de Florencia nos recogió la ambulancia y fuimos trasladados al hospital Maria Inmaculada, el paciente estaba sin remisión del centro de salud de la Chorrera, la junta de salud del hospital decidió hacer una cirugía que consistía en rajarle la pierna desde el tobillo hasta la mitad del muslo y lo dejaron abierto para que goteara la herida, el niño tenia su vida en alto riesgo y estuvo así hasta que nos remitieron al hospital Universitario Clínica San Rafael, esta gestión fue a cargo de la trabajadora social de la clínica Maria Inmaculada.

En el recorrido desde Florencia hasta la clínica de Bogotá fuimos acompañados por un médico y un auxiliar de enfermería y fuimos trasladados en una ambulancia, toda esta ayuda fue hecha por parte del hospital Maria Inmaculada, aquí no hizo ningún gasto Mallamas ni la Secretaría de Salud del Amazonas.

Cuando llegamos al hospital San Rafael nos separamos con mi hermano, el se había quedado en el hospital y a mi me llevaron a la ONIC, que era un sitio no adecuado para mi estadía, estando allí me llamó el jefe general de la clínica diciendo que me necesitaba urgentemente, porque la vida del niño corría riesgo.

Fue entonces cuando me dirigí hacia la clínica, cuando llegué la jefe me comentó que ya la vida del niño no corría peligro, entonces me dirigí a la oficina de la trabajadora social y con la ayuda de esta me comuniqué con la trabajadora social de la clínica Maria Inmaculada para comentarle que no estaba conforme en la ONIC, en esos momentos el paciente se encontraba en la UCI en donde tuvo la mayor atención.

En las horas de la tarde la trabajadora social encontró un sitio adecuado para mi estadía en la fundación Samaritana donde permanecí 2 días y fui muy bien atendida. La trabajadora social de clínica seguía buscando un lugar en donde puedan llegar pacientes indígenas y encontró la fundación los Ocobos, a donde son enviados los enfermos remitidos por la empresa Mallamas y la secretaría de salud del Amazonas.

Fui trasladada a esta fundación y a partir de ese momento los gastos tanto del paciente como del acompañante los cubrió la empresa Mallamas. En la clínica San Rafael se hizo la amputación de la pierna, o miembro inferior izquierdo, para esto se reunieron las instituciones Bienestar Familiar, Médicos Cirujanos, Defensoría del Pueblo, quienes dieron su opinión, unos decían que sí, otros que no y en estos momentos se pidió la opinión de los familiares, se hicieron varias llamadas y no se lograron comunicar con el papá, ni con la mamá, entonces se hizo la llamada a la comunidad Lago Grande porque ahí viven unos familiares, y fue la tía Regina Dutcha con su número de cedula quien aceptó la amputación, porque ya estaba muy grave y este procedimiento era el único medio de salvar la vida de niño.

Se llegó a este extremo por la irresponsabilidad de la secretaría de salud del Amazonas y de la empresa a la que estamos afiliados que no contaban en la zona con lo mínimo como un suero antiofídico ni con personal médico idóneo que ayudara en los trámites. Después de amputada la pierna duró 10 días en la clínica, luego fue dado de alta el paciente, nos llevaron al albergue la Casona, donde fuimos bien atendidos y a partir de esos momentos los gastos los comenzó a pagar la secretaría de salud del Amazonas por que Mallamas ya no quería cubrirlos como también las citas médicas ordenadas por la clínica San Rafael que fueron realizadas en el hospital San José.

Terminadas todas las citas el paciente fue ingresado al instituto del CIREC para la adaptación de la prótesis, después nos mandaron a Leticia y de ahí a la Chorrera; estando de nuevo en el corregimiento de la Chorrera a donde pertenecemos (más específicamente en la comunidad de Cordiallera, río abajo), los aparatos que le dieron no le sirven, dadas las circunstancias de la selva, ya que estos aparatos son para utilizarlos en las ciudades, con las calles limpias y en cambio la realidad aquí es muy diferente, porque el joven aquí tiene que subir barrancos, lomas, montar en canoa, ir de casería, para satisfacer algunas necesidades ya que sus padres carecen de recursos necesarios.

El joven quedó sin estudio por la misma situación en que se encuentra, el aparato lo maltrata mucho además le esta deformando la cintura, no se si hay posibilidad de cambiar eso o por lo menos que nos den alguna muleta. Este aparato es para un blanco con su realidad pero no sirve a un indígena en el medio de la selva con tantos riesgos.

El muchacho se desespera porque no ve posibilidades ni de estudio ni de trabajo. Estamos solicitando apoyo para conseguir una muleta y para cubrir los costos de estudio de tal manera que le pueda seguir en el Colegio de la región La Casa del Conocimiento. En medio de esta selva no pedimos mayor cosa: un poco de ropa, una hamaca, los cuadernos y los libros, los costos de la pensión de estudios.

Jorge Estrella Candre

cc 4985275

Padre del paciente

Luz Marina Dutcha

cc 40160379

Madre del paciente

Osiris del Rosario Candre

Testigo y hermana del paciente

cc 10759874

La hepatitis extermina en un Amazonas caótico

RECORRIENDO EL AMAZONAS / 1
Domingo, 5 de Agosto de 2007
La hepatitis extermina en un Amazonas caótico
La selva agoniza. El 25% de los indios está enfermo de hepatitis. Animales como las tortugas están casi desaparecidos. Madereros o petroleros son los amos. Dos periodistas recorren en un mes 5.000 kilómetros del río para hacer esta denuncia
 
JUAN CARLOS DE LA CAL / Valle del Javarí (Brasil)

En la Casa del Indio de Atalaia do Norte pacientes y familias cuelgan hamacas para su convalecencia. /JOSÉ F. FERRER

En la Casa del Indio de Atalaia do Norte pacientes y familias cuelgan hamacas para su convalecencia. /JOSÉ F. FERRER

La canoa blanca remonta el río Ituí, en los confines del Valle del Javarí, en la amazonia brasileña. La selva es cerrada, virgen, llena de vida. Los viajeros, investigadores del Centro de Trabajo Indigenista, buscan a un grupo de indios, los korubo, una de las 16 tribus no contactadas que habitan en este valle del tamaño de Portugal. Todo está en calma cuando, pasadas dos curvas…

«Aparecieron corriendo por la orilla mientras nos llamaban imperativamente haciendo gestos para que fuésemos. Parecían desesperados», recuerda el antropólogo Gilberto Azanha, uno de los ocupantes de la canoa.

El encuentro apenas duró unos segundos. Ninguno de los investigadores hablaba el idioma korubo y, por prudencia, decidieron no bajar de la canoa. Unos meses antes un compañero había recibido una flecha en un pulmón cuando trataban de contactar con otro indio. Pero la escena dejó en todos ellos una inquietante pregunta: ¿qué empuja a unos indios con fama de belicosos a reclamar la presencia de sus tradicionales enemigos blancos a la orilla de un gran río? ¿Estarían enfermos? ¿Enfermos de hepatitis?

Porque al menos 3.500 indígenas que ya pasaron por el proceso del contacto están siendo diezmados por la hepatitis.

Se están muriendo.

Así de claro. Así de público. Y ante los ojos del mundo, dentro de este escaparate que todavía es para muchos la selva amazónica. Los blancos les contagiaron el virus en aquellos primeros contactos. De forma deliberada -regalándoles ropa contaminada- o inconscientemente, tratando de organizarles para mejorar sus posibilidades de supervivencia. Da igual. Comenzaron a morir y el goteo aún continúa.

Nos lo cuentan en Atalaia do Norte, el pueblo brasileño que sirve de entrada al área indígena del Valle del Javarí, uno de los grandes afluentes del Amazonas. Hasta aquí hemos llegado en nuestro viaje de un mes siguiendo el curso del rey de los ríos, recorriendo la misma ruta que su descubridor español, Francisco de Orellana, hace 465 años.

MAS DE 5.000 KILOMETROS

De Quito a Belem do Pará. Más de 5.000 kilómetros de agua y vegetación siendo testigos de lo que pasa en este jardín del planeta tras cinco siglos de explotación y caos humano. En tiempos del cambio climático pretendemos hacer un somero diagnóstico, cuatro denuncias, sobre su degradación a manos del hombre.

En Ecuador dejamos una selva con olor a gasolina, contaminada por las petroleras. En Perú estuvimos en campamentos clandestinos de madereros que están derribando grandes superficies de selva. En todos lados contemplamos paraísos ensuciados por la acción humana, injusticias sociales, desequilibrios monstruosos, historias maravillosamente positivas también. Pero nada nos conmocionó tanto como la situación de estos indios.

El 25% de los que habitan este valle, según datos del Gobierno brasileño, son portadores del virus de la hepatitis B en su forma crónica. Un virus cuya capacidad de transmisión es diez veces mayor que la del VIH (sida) y que es hoy la novena causa de muerte en el mundo. Ya hay más de medio centenar de muertos y un contagio mensual de media. Algunas aldeas están tan afectadas que ya han entrado en lo que los técnicos llaman «crecimiento cero» -nacen menos de los que se mueren- lo que es un primer paso para la extinción segura. Y la ayuda no aparece.

Atalaia está cerca de la llamada triple frontera, un punto selvático donde confluyen los límites de tres países: Perú, Brasil y Colombia, con sus respectivas poblaciones -Santa Rosa, Tabatinga y Leticia- conviviendo separadas apenas por una calle o el propio río. El movimiento de pueblos es grande y la circulación de todo tipo de mercancías -droga, madera ilegal y especies animales incluidas- ha aumentado la presión sobre la selva virgen que la rodea. Y sobre sus moradores.

En la plaza central, un descomunal ninot representando a San Sebastián traspasado de flechas preside el paso del río a modo de presagio. A su espalda se levanta el hospital de la Casa del Indio, un bonito recinto abierto por Médicos Sin Fronteras hace 10 años para acoger y tratar a las víctimas de la epidemia desatada en la época.

Cada tribu dispone allí de su espacio propio: una gran choza hexagonal y diáfana, de hormigón, donde los pacientes y sus familias cuelgan las hamacas para pasar en ellas su convalecencia. Todas están llenas de indios enfermos. Indios de mirada triste, ojos acuosos y con un tono de piel amarillo aceitunado nada natural. Pasan semanas, meses, en estos cuartos sin nada que hacer. Sus mujeres elaboran collares con semillas que con suerte venderán a algún periodista extranjero. Las más jóvenes dan de mamar una y otra vez a sus bebés. Probablemente estamos asistiendo a la transmisión de alguna enfermedad a través de la leche materna.

Una veintena de representantes de las principales tribus -marubos, matis y mayurunas-, nos reconstruyen una historia que arranca en los años 80, cuando los buscadores de oro llevaron al estado de Roraima, al norte de Brasil, las enfermedades que mataron a 2.000 yanomamis. Fue la primera vez que el mundo entero se enteró de que en la romántica selva amazónica también ocurrían genocidios como éste. Genocidios que ahora se repiten.

La dimensión de la catástrofe humanitaria obligó a la Fundación Nacional del Indio, Funai, a destacar a todos sus equipos en el área de la epidemia. Meses después los funcionarios gubernamentales regresaron a sus puestos. Pero estaban contaminados. Venían con paludismo, que se expandió por toda la población recién contactada del Valle del Javarí como un ángel de la muerte. Endémica hasta hoy, cuando ya los mosquitos se han tornado resistentes y campan a su antojo, la malaria continúa matando aliada con otros jinetes apocalípticos llegados con el blanco: la hepatitis y la tuberculosis.

Fue el comienzo de la tragedia.

Coincidiendo en el tiempo, los indios mayurunas de las aldeas del norte del Valle se contagiaron de estas enfermedades por el contacto con los madereros peruanos fronterizos. Por su carácter nómada, en sus desplazamientos esparcieron el mal por todo el territorio con los casamientos entre etnias. La primera muerte se registró en 1985 en la aldea Lamirâo. La última, hace unas semanas, cuando una joven se suicidó al saber que estaba contaminada de hepatitis. No quiso encarar el destino de su hermano, fallecido semanas antes en medio de terribles dolores.

HOMBRES GATO RUBIOS

A los matis, llamados también hombres gato, indígenas muy tradicionales de rostros tatuados y perforados, les sucedió algo similar. Antes del contacto, en 1973, vivían en permanentes escaramuzas con los ribereños del Javarí, colonos y extractores de madera. Cuando los blancos los masacraban, los indios respondían con venganzas en las que, según su costumbre, se llevaban consigo las mujeres y niños de sus víctimas. De hecho, en el hospital encontramos algún matis rubio. Así se contaminaron y la hepatitis nunca más les abandonó.

Una epidemia de gripe redujo su población a la mitad pocos meses después del contacto. Diez años más tarde apenas quedaban 83 individuos, menos del 10% de los que vivían antes de rendirse ante el hombre blanco. Gracias al trabajo realizado con ellos por la Funai y muchas ONG, consiguieron recuperar su equilibrio demográfico, psicológico y cultural, y a finales de 2005 su población fue estimada en 285 personas. Hasta que comenzó una nueva hecatombe…

Las muertes se sucedieron en su principal aldea, llamada Aurelio, no muy lejos de donde los indigenistas vieron acampados a los indios no contactados. El caos social regresó de nuevo. Familias que tenían conflictos atávicos entre ellos acabaron acusándose de hechicería. Hubo enfrentamientos, peleas generadas sobre los presuntos causantes de esas muertes, expulsiones y, finalmente, una importante escisión.

Hace dos años, una parte de los matis fundó otra aldea, que llamaron Beija Flor, a 45 kilómetros de la anterior. Fue una decisión difícil pues allí tenían la escuela y el centro de salud. La primera mujer en dar a luz en el nuevo asentamiento tuvo gemelos. Pero lo que en otras partes del mundo hubiese sido recibido como una bendición, aquí era todo lo contrario: un signo de mal augurio. Como lo fue también el hecho de que dos hombres fuesen atacados poco después por un leopardo amazónico. Echaron la culpa a los bebés y acabaron por abandonarlos en la aldea de los blancos. En otra época lo hubieran hecho en la selva.

«Antiguamente, antes de contactar con los hombres blancos, no teníamos enfermedades. Si pasaba algo tomábamos el Kambó (el veneno del sapo) y vomitábamos el mal. Pero ahora no tiene efecto, ni el chamán puede curar las dolencias nuevas», recuerda en su lengua Mina Ouaça, un viejo matis contactado por primera vez en 1973, mientras se toca su costado derecho. No hay duda: le duele el hígado. Como a Bina, su hijo de 40 años cuya mirada arrasada ilustra la apertura de este reportaje.

CAOS SOCIAL

Los cambios que la epidemia ha causado en la organización social de estas tribus son evidentes. «Personas identificadas públicamente como portadoras del virus de la hepatitis sufren discriminación de su propio grupo. Muchas jóvenes han visto su futuro matrimonial comprometido tras enfermar y las embarazadas vienen a la ciudad a tener sus hijos, algo a lo que se negaban por sistema, para que sean vacunados. Muchas ya no vuelven a su aldea», asegura Hilton Nascimento, ecólogo del Centro de Trabajo Indigenista, CTI.

Las grandes poblaciones se han llenado de indios miserables que huyen de la epidemia, agravando aún más los problemas sociales. Los jóvenes vuelven a sus aldeas transformados. El fútbol, las bebidas alcohólicas y la música moderna han sustituido al silencio, las ceremonias con sus bebidas sagradas -como la ayahuasca- y los ensayos con sus armas tradicionales: cerbatana, lanza y arco.

El uso de las ropas es ya sistemático entre los adolescentes. Sin embargo, los jóvenes que encontramos en el hospital del indio muestran orgullosos los tatuajes que reciben en sus ritos de iniciación, cuando alcanzan la pubertad. En cambio, cada vez son menos los que se incrustan en los labios, nariz u orejas cualquier tipo de adorno: desde espinas hasta huesos.

«La gente ya se acostumbró a las cosas del hombre blanco y ahora es muy difícil volver atrás. Pero eso no quiere decir que renunciemos a nuestra tradición y a una vida sana», asegura Make Turu Matis, de 21 años. Nieto de Mina Ouaça, hijo de Bina, él es la tercera generación de enfermos de hepatitis en el clan. «Cazar les sería más útil que jugar al fútbol el día entero», apunta de nuevo su abuelo. Todos nos reímos al escuchar la traducción. Hay reproches comunes a todas las culturas…

Los korubo hablan una lengua parecidaa los matis, quienes, hasta ahora, constituían su único enlace con el mundo exterior. Fueron contactados por primera vez hace 10 años pero prefirieron seguir en aislamiento voluntario al ver los estragos que la relación con los blancos produjo en el resto de las tribus. Sin embargo, hasta ese enlace se ha roto a causa de la epidemia de hepatitis.

Tradicionalmente los korubo facilitaban a los matis una liana que utilizan en sus rituales -y que sólo aquéllossabían dónde conseguir-, a cambio de cuchillos, ollas y azúcar. Pero cuando empezaron las muertes, los matis acusaron a los korubo de querer envenenarles y la relación se ha deteriorado al punto de que ni ellos saben por qué sus antiguos aliados salen ahora al borde del río a pedir ayuda.

«Nuestros chamanes nos avisaban: “Ustedes no pueden morar en los ríos grandes, habrá dolencias que no tienen cura. Hay que irse a las cabeceras, donde las aguas son puras, lejos de los invasores”. Pero no les hicimos caso y nos fuimos a las orillas de los grandes ríos donde nos atrajo la Funai para atendernos mejor», recuerda Jorge Marubo, responsable de salud del CIVAJA, la organización que ellos mismos fundaron para defenderse de una extinción a medio plazo.

Quieren que expandamos al exterior su grito de socorro.

Los indios marubo, mayoritarios en el Valle y bastante bien organizados, son originarios de los Andes, desde donde se fueron replegando en su huida de los conquistadores españoles hasta el último refugio de la selva. Fueron contactados hace 30 años, se consideran a sí mismos como mansos y hasta el rebrote de la epidemia mantenían excelentes relaciones con los blancos, a los que incluso dedican una fiesta al año.

La memoria del primer contacto está fresca aún: «Nos traían machetes, espingardas, motores, gasolina y sal para que nos quedáramos abajo, donde los ríos son grandes. Luego, cuando ya sabíamos hablar la lengua del blanco, éste cortó los suministros. Así, quedamos dependientes de él. Ya apenas cazamos con arco y cerbatana, ni tejemos ropa de algodón. Antes sólo nos quedábamos en un mismo lugar tres o cuatro años y cuando escaseaba la caza nos mudábamos. Ahora, ya asentados, necesitamos de gasolina y motor para desplazarnos dos días por río si queremos encontrarla», recuerda su jefe, Clovis Marubo, con un hermano muerto de hepatitis y un hijo también enfermo.

En una forma de protesta kamikaze, las aldeas marubas se niegan a recibir ningún tipo de ayuda médica de los blancos porque ya no confían en ella. «Si vamos a morir igual, preferimos hacerlo sin perder nuestras costumbres. Somos los últimos indios», concluye Clovis. Todos los que forman la directiva de esta organización, hijos de los caciques en su mayoría, salieron muy jóvenes de sus aldeas para estudiar en los pueblos de los blancos. Hoy son sus portavoces y su esperanza ante el resto del mundo. Pero ellos también se están muriendo.

Nos cuentan el caso de la última víctima: Oswaldo Mayuruna, 24 años, profesor en la escuela de una aldea lejana, y uno de los jóvenes que mejor se había adaptado al trauma producido por el contacto.

Hace un mes, comenzó a sentirse mal. Tenía fiebre y malestar general. Pensaban que podía ser malaria. Y, a falta de medicinas, trataron de curársela por los medios tradicionales. Pero no mejoró. A los pocos días los vómitos fueron de sangre. Después vino el coma terminal. Cinco días más tarde murió desangrado. No hubo tiempo de trasladarlo a ningún lugar ni los médicos del hospital pudieron hacer nada a través de la radio. Siguieron su fallecimiento a distancia, como el resto del mundo.

UN GENOCIDIO

«Las vacunas carecen de efectividad, están caducadas o estropeadas por no conservarse en frío. Tenemos 15.000 pañales, que en nuestra cultura no usamos, pero faltan neveras solares. La repetición de las vacunaciones no existe o se hace con mucho retraso», asegura Rosineide Marubo, una de las tres mujeres indígenas auxiliar de enfermería de todo el Valle del Javarí.

El coordinador del equipo de la Funai en Atalaia, Herodoto Jean de Sales, reconoce que la precariedad de medios de los que disponen hace muy difícil la atención. «Las áreas están muy distantes. A veces, cuando el río está seco, cuesta hasta 10 días llegar a las aldeas más lejanas. Y la dificultad es grande para hacer traslados de enfermos porque no tenemos barcos ni aviones suficientes. Tampoco personal pues cada funcionario vigila una superficie equivalente a 10 millones de hectáreas», asegura con preocupación.

«Es necesaria una intervención internacional inmediata porque en 20 años pueden desaparecer todos los indígenas del Valle del Javarí y, entonces, estaríamos hablando de un genocidio», asegura por su parte Fionna Watson, presidenta de Survival, la organización indigenista que lleva más años denunciando lo que está sucediendo. Según Survival, la tercera parte de las tribus podría desaparecer en poco tiempo.

Se está dando un fenómeno paradójico: indios de segunda generación, hijos de los primeros contactados y que ya conocen todo del mundo blanco, están huyendo al interior de la floresta en busca de la última oportunidad para salvarse. Sus parientes les animan para que avisen a los no contactados: «Decidles que no vengan, que nos estamos muriendo. Decidles que nosotros ya estamos condenados…».

Cáncer y desnutrición en las comunidades indígenas de la Chorrera – Amazonas

Apartes del informe presentado por el Dr. Gustavo Hernández del grupo de investigación Epidemiológica del Instituto Nacional de Cancerología. Con motivo de su visita a las comunidades en Mayo de 2007

Diagnostico

En general la comunidad esta alterada por el hecho que las personas que murieron de cáncer son ancianos. Los ancianos son considerados pilares de la comunidad por susconocimientos y valorados como personas que transmiten las tradiciones a la comunidad.

La Chorrera es un ejemplo de acumulación epidemiológica: Las enfermedades agudas aun son un reto diario y las enfermedades crónicas como el cáncer empiezan a alertar a la comunidad. El cáncer es ahora una enfermedad sentida dentro de la comunidad.

Con la visita a la Chorrera , la comunidad pudo enterarse que el cáncer es un problema que aun no tiene solución definitiva como otras enfermedades que son comunes entre ellos.

Algo que me llamo la atención es que los ancianos de hoy en día son más jóvenes que los ancianos de generaciones anteriores, es importante analizar la expectativa de vida en estas comunidades para verificar esta observación y esta referencia de la comunidad.

La Chorrera es la población con más alta mortalidad infantil por desnutrición en el país, de acuerdo a un estudio recientemente publicado por la universidad Externado de Colombia. Esto concuerda con los hallazgos de las valoraciones nutricionales periódicas realizadas en el centro de salud de la Chorrera. Como se mencionó anteriormente, la población infantil de la Chorrera valorada en los últimos 3 meses presento desnutrición aguda en 30% y 40% desnutrición crónica. Esto hallazgos implican que la expectativa de vida estaría disminuyendo no solo por la elevada mortalidad infantil sino también por la elevada mortalidad de adultos mayores. Estos dos índices colocan a las comunidades de la Chorrera en grave riesgo existencia a largo plazo. Para confirmar estos hallazgos se debe realizar seguimiento a largo plazo de esta comunidad.

La muerte ocurrida en la Chorrera no supera los casos esperados, mostrando que, probablemente, el riesgo de cáncer de esta población no es superior al resto del país. Sin embargo se debe admitir que esta población netamente indígena no es del todo comparable con el resto del país. De ahí la necesidad de contar con registros propios de la población que faciliten análisis de la tendencia de la ocurrencia del cáncer.

En cuanto a los tipos de cáncer encontrados en campo y registrados en el INC, gástrico, pene, melanoma y cáncer de cuello uterino son cánceres que tienen factores de riesgo identificados y que su frecuencia es similar a la ocurrida en el resto del país. Estos cánceres no se han relacionado con agentes químicos o exposiciones ambientales específicas. Es claro que el cáncer gástrico y de cuello de útero (y por extensión el cáncer de pene) son canceres frecuentes en los países en vías de desarrollo. En múltiples estudios el cáncer gástrico se ha asociado al consumo de carnes nitradas, falta de agua potable y bajo consumo de frutas y verduras frescas Esta situación que fue evidente en la población de La Chorrera. El cáncer de cérvix se ha asociado a condiciones de pobreza y la no practica de citología vaginal en los últimos 3 años y a la falta de calidad y oportunidad del tratamiento de lesiones preneoplasicas. . Durante las visitas de campo las mujeres manifestaron que a pesar de realizarse la citología pocas veces contaban con el resultado.

Reunión de Cierre de la visita a la Chorrera-

Conclusiones

En conclusión los casos de cáncer que se presentan en la región son casos de cáncersimilares a los que se presentan en el resto del país.

Desafortunadamente, el cáncer gástrico, el cáncer más frecuente en la comunidad no cuenta, hasta la fecha, con terapias o métodos diagnósticos o de tamizaje claramente eficaces.

El cáncer es una enfermedad crónica de lenta evolución y tardía aparición. Es importante enfatizar en retomar las antiguas costumbres donde la alimentación se basaba en la producción de las chagras y el mambe no era una práctica habitual para disminuir el apetito.

Es importante que las actividades planeadas en reuniones sostenidas con el representante de Acción Social y RESA sean llevadas a cabo. Estas reuniones ocurrí rieron de manera paralela a mi visita realizada a la Chorrera. En estas visitas se planteo la necesidad de formular y ejecutar un proyecto de autoabastecimiento alimentario, basados en el uso de las Chagras y su diversificación. La comunidad percibe que este es un punto crítico en que se debe trabar. Sin embargo no lo relacionan mucho con el estado de salud de la comunidad.

La situación de salud de la Chorrera tiene muchas causas relacionadas. La falta deconocimiento claro de sus derechos ante las EPS es una de ellas. Es importante que la comunidad siga trabajando de manera conjunta para exigir sus derechos ante su EPS y demandar la adecuada calidad del servicio de salud. Para esto se debe continuar en el fortalecimiento del las asociaciones de base comunitaria.

Otras razones es la ubicación geográfica de la comunidad que limita el acceso no solo de servicios de salud sino de alimentos y elementos de uso básico. Es importante que la comunidad se haga plenamente responsable de su situación actual y plantee las alternativas necesarias a entes Gubernamentales y No Gubernamentales para buscar susolución. Esta visita es un ejemplo de su trabajo y esfuerzo para que el Gobierno Nacional conozca la situación de su comunidad.

El INC puntualmente puede dar apoyo técnico para mejorar el registro de los casos de cáncer en la población, registro que se puede ampliar a otras situaciones de salud que son relevantes para la comunidad, como es el seguimiento de los pacientes remitos a un nivel superior de atención.

La enfermedad sentida del cáncer en la población de la Chorrera es solo una parte del problema de salud que afronta esta comunidad. Es necesario una solución integrar a este problema. El fortalecimiento de la asociaciones de base poblacional y la seguridad alimentaría es fundamental para la solución de este problema. Existe el suficiente capital humano a quien apoyar a apropiarse adecuadamente para que la comunidad de la Chorrera lidere sus propios procesos encaminados a conservar su comunidad.

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